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Una médica chubutense conmovió con una carta sobre el coronavirus

Jorgelina Lendich es una joven profesional de la salud de Esquel, que actualmente se desempeña en Cipolletti. Hizo una publicación en sus redes sociales en las que le imploró a la población que se cuide y cuide a los demás y condenó la “viveza criolla”. “Perdí la cuenta del tiempo que hace que no abrazo a alguien”, escribió. Pero además, contó: “El sufrimiento aparece cuando ves caer uno atrás del otro, a veces como moscas, como si no se tratase de vidas”

Jorgelina Lendich es una médica chubutense oriunda de Esquel, que actualmente se desempeña como médica en la localidad rionegrina de Cipolletti. Por medio de una cruda carta escrita a su comunidad que se viralizó en redes sociales, hizo un dramático llamado de atención y alertó sobre lo que vive día a día, muy cerca de la muerte.

El siguiente es el texto de su carta:

“A la gente de mi amado Esquel: Soy Jorgelina Lendich, orgullosamente nacida y felizmente criada en Esquel.

Vivo en Cipolletti-Río Negro, acá me forme y continúo formándome en lo que amo, la medicina. Cuando supe que quería ser médica, no estaba en mis ingenuos planes la pandemia como probablemente, uno de los mayores aprendizajes de ésta vida. Qué más da.. Aquí estoy, en uno de los focos del país en donde más arde la llama del COVID. Les cuento un poco de mi vivencia en ello y espero de algo sirva.

Días atrás, ya había conmovido al subir el video de un hombre que recibió el alta tras más de un mes de internación.

Allá por marzo de éste año surgieron unos pocos casos, primero importados, como en todos lados. Después con nexo epidemiológico. La situación se contenía por suerte y con esfuerzo. La gente temía ante lo desconocido y todos cumplíamos casi a la perfección el aislamiento. Pasamos abril, mayo y junio en una baja meseta de contagios. En alerta algunos, en una falsa sensación de seguridad otros.

La confianza creció, como así también las reuniones familiares y entre amigos. Tranqui, a mí no me va a pasar, no soy paciente de riesgo lo paso como una gripe, un mate nada más, unos minutos solamente. Extraño a mi vieja, a mi abuela, un abrazo y me voy. Pensamientos tan conocidos y trillados como esos son los que DESDE JULIO, tienen a ésta ciudad y sus alrededores en una avalancha de lamentos, de angustia, de desolación y culpa, sobre todo a aquellos que SABEN fueron los responsables en su familia de lo que termina en tragedia.

Acá el colapso llega al punto tal de tener que optar (como si fuera tan fácil) entre hijos y padres, entre hermanos que son candidatos a un respirador, porque no alcanzan. A elegir entre uno de 60 y otro de 50 años o menos. Imagínense los mayores. La vida es totalmente distinta. No contemplas de ninguna manera salir a pasear, el toque de queda continúa, no pensás en visitar a nadie, en la calle te sentís desnudo si llegas a asomarte sin el tapa nariz-boca. Pero están los que transgreden todo ello. Ustedes están a tiempo de apagar la chispa que hay ahora en Esquel. Del comportamiento de cada uno depende el destino de todos, en gran parte es así.

Perdí la cuenta del tiempo que hace que no abrazo a alguien. Paradójico porque por momentos, por todo lo que les cuento, es lo que más necesito. Pero bueno, ese no es el mayor dolor. Mi familia (mi gran equipo de vida) y amistades al pie del cañón, conteniéndome desde lejos, mandándome las mejores energías, me siento muy protegida. La necesidad del abrazo físico así, se hace chiquita. El sufrimiento aparece cuando ves caer uno atrás del otro, a veces como moscas, como si no se tratase de vidas.

En dos meses firmé más certificados de defunción que en dos años. Así de corta. Y no se crean que lo peor es para los viejitos. He visto y veo cada día a mayores de 80 irse de alta, otros tantos fallecer, como también menores de 40 en la fila por una máquina que respire por ellos (con TODO lo que detrás se esconde, semanas y hasta meses sin saber que es de tu vida mientras tu familia solo reza día y noche). Familias desmoronarse, pacientes que la están pasando mal SOLOS. Y nosotros dándoles todo el amor que se puede, pero sabiendo que cuantos más minutos estás en la habitación con ellos, más riesgo tenés de contagio. Te mostrás fuerte y con seguridad ante el convaleciente, mientras las lágrimas se ocultan detrás de unas antiparras empañadas. Jornadas agotadoras en cuerpo y alma. Veinte de cal por una de arena. Solo nos reconforta ver la felicidad del que se va de alta y los halagos de la familia que se sintió acompañada. Porque gracias a la vida, formamos un hermoso equipo de lucha humana más allá del profesionalismo.

Les comento, y es lo más importante que quiero transmitir, que el contagio no está en el almacén, en la tienda o en la cola del banco (si se respetan las medidas básicas que todos conocemos). Pensálo, cuando la situación sea otra y tengas la opción de cumplir o transgredir, acordate de éste último párrafo:

MAS DEL 90% DE LOS CONTAGIOS (Y HABLO CON TOTAL SEGURIDAD) ESTÁ EN LA BENDITA VIVEZA CRIOLLA DE LA QUE SIEMPRE NOS REGOZIJAMOS. ESTÁ EN ESA REUNIÓN CON 2 o 3 AMIGOS, EN EL MATE CON EL VECINO, EN EL ASADO DEL DOMINGO UNAS HORITAS, EN ESA PEQUEÑA VISITA AL FAMILIAR QUE TANTO AMO. Esa visita que está condenando a tantas familias al dolor absoluto en un abrir y cerrar de ojos”.